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” Le dije a usted, cuando me pidió permiso para ejercer de escritor en el pueblo, que era mejor que hiciese lo que hacen los otros sudamericanos, que unos días van en bici y otros huelen bien. […] Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner, ¡de William Faulkner! […] ¿es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?” Me sigo riendo con los diálogos de Amanece que no es poco… no tanto con el Faulkner de Mientras agonizo, que me acompaña en la breve ruta que transito hoy por Móstoles. Su desolación y mi cansancio, unen el peregrinaje para dar sepultura a Addie y el dispositivo documental en acción: “Condenado camino. Y va a llover, además. (…) Ahí está el camino, justo hasta mi puerta, para que cualquier mal fario de los que van y vienen llegue hasta aquí. Le dije a Addie que no daba ninguna buena suerte vivir junto a un camino, que esté tan cerca. Y ella, como mujer que es, dijo: “Entonces carretera y manta” Pero lo que yo le decía es que no daba ninguna buena suerte, porque el señor hizo los caminos para ir de un sitio a otro; ¿Para qué, si no, los iba a poner en la tierra? Cuando decide que algo esté siempre moviéndose, lo hace alargado, como un camino o un caballo o una carreta, pero cuando decide que algo se esté quieto, lo hace que sea de arriba abajo, como un árbol o un hombre.”