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Volver a los clásicos, leer La Odisea, familiarizarse de nuevo con su prosa, respetar un canto diario (aunque a veces fue inevitable avanzar un poco más, Javi, yo también me lo estoy pasando pipa!!). El retorno, el castigo, la hospitalidad, la desigualdad, el tiempo extendido de una vida (que veinte años no es nada), las relaciones, el orden, los afectos dentro de un marco. Hay un momento memorable en que el canto del aedo lastima a Penélope, ella le reprende: “deja ese canto cruel, que sin cesar me desgarra el corazón; porque me ha hincado muy a fondo una pena inolvidable.” Telémaco, su hijo, le responde con una airada defensa al “creador”: Madre mía, ¿por qué ahora le impides al muy fiel aedo que nos deleite, del modo en que le impulsa su mente? No son en nada culpables los aedos, sino que en cierto modo es Zeus el responsable, quien da a los mortales comedores de trigo lo que quiere y como quiere, a cada uno. No es motivo de indignación contra éste el que cante el triste final de los aqueos. Que los hombres celebran más el canto que les resulta el más novedoso a los oyentes. Que tu corazón y tu ánimo se armen de valor para oírlo. Pues no fue Odiseo el único que perdió el día del regreso en Troya, sino que también muchos otros guerreros allí perecieron. La odisea de aprender algo: en el camino se nos brindan muchas oportunidades y sin embargo estamos demasiado absortos o limitados por las circunstancias para reaccionar.