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La mayoría de los meandros se producen en el curso inferior del río. La erosión es mayor en el exterior de la curva donde la velocidad es mayor. La deposición de sedimentos se produce en el borde interior debido a que el río, desplazándose lentamente, no puede llevar su carga de sedimentos, creando un deslizamiento de la pendiente, llamado un punto bar. El movimiento más rápido en el exterior de la curva tiene más capacidad erosiva y el meandro tiende a crecer en la dirección hacia fuera de la curva, formando un pequeño acantilado o ribera recortada. Las raíces de los sauces están a menudo expuestas inferiormente lo que, finalmente, lleva a los árboles a caer. Esto muestra la circulación del río.

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Tal vez fuera porque siempre lo he visto entre bloques de cemento, por eso pensaba que más bien era un estanque, una presa y no un río, como indicaba su nombre. Pero desde hace unos días, estoy conociendo pequeños trechos del Manzanares que demuestran que si, que se trata de un río. Por fin logré alcanzar la vía ciclista, desde el tramo que colinda con la Ciudad Universitaria, a la altura de la Casa de Campo. Si lo tomas hacia el norte, desde la dehesa de Arganzuela, visitas unos cuantos remansos que atraviesan el Puente de los Franceses y llegan a Puerta de Hierro. Más bien parece un arroyo, pero a esa altura al menos, el agua tiene un movimiento que recuerda al natural.

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Así rodeadas de verde, seducidas por el paisaje, pero no únicamente a nivel visual. En La Historia más bella de las plantas. Las raíces de nuestra vida, nos recuerdan que dependemos de ellas para respirar y que “cuando se dice que la planta depende del suelo en el que está enraizada, que no se puede mover y se nos muestra tanto más frágil por ello, es inexacto. Puede ser cierto para los individuos, pero no para las especies, que tienen, gracias a sus esporas y sus semillas, una capacidad de propagación inmensa. La semilla es un medio de desplazarse en el tiempo, y lo es también en el espacio.” Se mueven a donde las lleven los animales, el viento… Jean-Marie Pelt nos recuerda que “fuera de la ciencia ha habido una corriente de pensamiento que intentaba comprender el orden de la naturaleza por analogías. Una de esas analogías me seduce particularmente. Observemos un árbol: le crecen ramas de las que brotan hojas que, sumergidas en el aire, toman de él el gas carbónico con el que fabrican azúcares y expulsan oxígeno… Es el mundo vegetal. Fijémonos ahora en un cuerpo: no tiene ramas sino bronquios. Éstos están sumergidos, no en el aire, sino en la sangre de la que toman el oxígeno con el que descomponen los azúcares disueltos en ella por la alimentación, luego los absorben y expulsan carbónico… Es el mundo animal. Ahí tiene esta extraña similitud entre el mundo verde y el mundo rojo que son complementarios en lo sucesivo. Uno se exterioriza cuando el otro se interioriza. Cuanto más desplegados hacia el exterior tiene los órganos, tanto mejor para el mundo vegetal, que se esfuerza por presentar la mayor superficie posible a la luz del sol. Cuanto más protegido, abrigado en el interior del cuerpo, tanto mejor funcionan esos órganos para el mundo animal.” Así este “trozo de país”, estos paisajes complementarios asturianos nos ayudan a perder la posición central de sujetos en el mundo, nos tiñen de verde la mirada y el entendimiento.

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Y algunas os preguntaréis cómo es que me acompañan tantos libros en esta Travesía de Transición y es que además de poder decir con alegría que ¡he recuperado la lectura! ¡qué estaba sedienta por escuchar! en estas páginas de Vila-Matas hallé otra parte de la respuesta: En mi caso, no entender nada no es un problema. No sólo paso a limpio mentalmente las crónicas o libros que no entiendo sino que, además, la incomprensión la he convertido en mi poética literaria. Cargo de sentido la sensación de absurdo que da la vida y, de paso, considero que lo esencial de la realidad se encuentra en los libros. Aunque no he entendido nunca nada de este mundo (y en cambio, no se por qué, entiendo perfectamente lo que estoy ahora escribiendo), aunque no he entendido nunca por qué vivo ni tampoco por qué un día estaré muerto, aunque no he entendido nunca nada, yo he seguido siempre adelante buscando y encontrando en la literatura, y paradójicamente en el absurdo mismo, el sentido del mundo. (Vila-Matas, El viento ligero en Parma, 2004) Si, en parques como La Dehesa es posible leer caminando a la sombra de los árboles.

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Clásicos si, sumando carencias y placeres a los que estoy llegando este verano, ahí está Tarkovsky con su SACRIFICIO una película tan bella que me deja con ganas de ver las otras seis que rodó. Alexander nos explica la importancia de seguir un ritual: “Ahora, pequeño, tienes que venir a ayudarme. Hace ya muchísimo tiempo, un monje de un monasterio ortodoxo, plantó un árbol seco en la montaña. Era igual que éste, y le dijo a su discípulo que regara el árbol cada día hasta que cobrara vida…por favor, acércame esas piedras… Y desde entonces, todos los días por la mañana, temprano, subía la montaña con un cubo de agua y al atardecer volvía al monasterio. Así lo hizo durante tres años, hasta que un maravilloso día, cuando fue a regar su árbol, como siempre hacía, vio algo excepcional: Toda su copa se hallaba cubierta de hermosas flores.
Digan lo que digan, esa manera de proceder, puede darte resultados extraordinarios, es decir, que si todos los días, a la misma hora, sistemáticamente, hiciéramos lo mismo, estableciendo un ritual, el mundo sin duda alguna cambiaría, estoy absolutamente convencido de ello
.” Esta travesía también se propone, a lo largo del camino, metódicamente, cambiar algo de nuestro mundo, replantearnos posiciones y buscar pequeños rituales estériles.