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Estoy leyendo (con cierta distancia) a Zygmunt Bauman y su libro Comunidad. Hay que reconocer que identifica ciertos aspectos de nuestra realidad, concretamente de algunos barrios que vislumbramos cruzando el curso del Manzanares y adentrándonos en el anillo ciclista (que los osados llaman verde). “El marco social del trabajo y el medio de vida no es, sin embargo, lo único que se está desmoronando. Todo lo que le rodea parece encontrarse en un torbellino. Citando otra vez a Sennett, el lugar en el que se desarrolla o se espera desarrollar la vida entera “crece de repente al toque de la varita mágica de un promotor inmobiliario, florece y empieza a declinar al cabo de una generación”. En semejante lugar (y cada vez más gente llega a conocer tales lugares y su amarga atmósfera por propia experiencia) nadie “se convierte en un testigo de por vida de la historia de otra persona”. (…) Se han acabado las antiguas y amables tiendas de ultramarinos de la esquina; si han logrado resistir la competencia del supermercado, sus propietarios, sus gestores, las caras al otro lado del mostrador cambian con demasiada frecuencia para que cualquiera de ellas albergue la permanencia que ya no se encuentra en la calle.” En este día de luto nacional, por la muerte del banquero, nos sumen en la perplejidad las declaraciones de dos políticos en el Congreso vinculando su figura (a favor y en contra) a la “marca España”. Parece que hay consenso: no habitamos una comunidad, ni un país, somos productos de una marca, de una franquicia patética y ahora sólo está en juego que el sepulturero elija dónde poner nuestro logo.

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En aquél encuentro, hace ya un par de meses, en casa de Carmen y Raúl, las hermanas Almela me recomendaron algunos títulos que quedaron anotados en el cuaderno de viaje. Comienzo con Gonzalo Hidalgo Bayal y su Campo de amapolas blancas, que se anuncia como un espacio para recuperar el pasado, que nace del ejercicio consciente e intelectual de la memoria de una amistad verdadera y perdida. “Seguía siendo un muchacho sin importancia colectiva, dijo, exactamente un individuo.” Alejarse de amigos queridos es algo que nos ocurre algunas veces en la vida, por circunstancias varias, rumbos paralelos o intensidades distintas, es un camino conocido, que deja un poso de melancolía. Campo de amapolas blancas es un viaje triste, de estaciones lentas, de desalientos, de caminos a ninguna parte. El dolor del padre, la ternura que nos produce H. con su descubrimiento: si la lluvia y el fuego son los únicos elementos verdaderamente cosmológicos y por tanto poéticos, difícilmente podremos comprenderlos, pero podemos intentar indagar en ellos. “(…) sé que fue a partir de Bouville cuando empezó a subrayar en todos los libros las referencias a la lluvia, palabras de lluvia, la expresión de la lluvia, y a coleccionar un profuso catálogo de frases con lluvia, con llovizna, con llover. (…) seguimos con las lecturas de Sastre y de Camus, averiguamos que jóvenes desesperados se arrojaban al Sena con ejemplares de La náusea en el bolsillo y aprendimos a resumir el mundo en una frase: “Los hombres mueren y no son felices.“ Cuando en las posturas adolescentes se posan los años las frases despojan algunos cuerpos.

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Nunca había leído nada de Marta Sanz, pero con la recomendación de Javier Pérez Iglesias, llego a la reedición revisada de La lección de Anatomía publicada por Anagrama. En esta novela, de una autora que pasa los 40 años y presenta su biografía, podemos reconocer muchos lugares comunes, de nuestra infancia, nuestros miedos, deseos, frustraciones y mezquindades. Si, todos tenemos “nuestra personalidad” pero como el ADN es un espacio mínimo el de la diferencia, tal vez un puñado de elecciones es lo único que nos determina. No puedo dar ni un paso. Sólo avanzo por la distancia que separan las palabras intentando entender la travesía hacia una transición que no termina de llegar. El dinero, también el que uno mismo gana, incide en las vivencias y en la posibilidad de crecer (…) Años más tarde, en el momento adecuado, entorno los ojos y pienso en el precio que se paga por el dinero y en que siempre se es independiente respecto a alguien: un país o una patria, una familia, un padre, una madre, un maestro, un aya, un criado, una sirvienta, un marido, una esposa, un amante o una amante, un hijo, una hija, un médico o una médica, un agonizante, una moribunda, una empresaria, un patrón. Cada cual debería decidir qué independencias son las que quiere proclamar. La lección está servida.

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En sus propias palabras: “Más aún, la biblioteca fantástica de Browne contiene un fragmento de un informe citado por Estrabón sobre Piteas de Marsella, el viajero universal, en el que se dice que el aire, en el punto más septentrional, más allá de Thule, es de una densidad tan viscosa que corta la respiración, semejante a las medusas y lenguas de mar gelatinosas, así como un poema desaparecido de Ovidio Naso, written in the Getick language during his exile in Tomos, que, envuelto en un paño encerado, fue hallado en la frontera con Hungría, en Sabaria, precisamente el lugar donde se dice que Ovidio murió a su regreso del mar Negro, después de haber conseguido el indulto o bien tras la muerte de Augusto. En el museo de Browne, junto a las curiosidades más variadas, se puede ver un dibujo a tiza del gran mercado de Almachera, en Arabia, que se celebraba de noche para evitar el calor; una pintura de la batalla disputada entre romanos y jaziguios sobre el Danubio helado; una imagen fantástica de las praderas marinas de las costas de Provenza; Solimán el Magnífico, a caballo, durante el asedio a Viena”. (Sebald, Los Anillos de Saturno) Dice José María Guelbenzu, a propósito de Sebald: “En cierto modo puede decirse que su itinerante -sus itinerantes- constituyen una visión del hombre europeo de la segunda mitad del siglo XX, un hombre que camina sobre los restos de una devastación insoportable después de dos guerras crudelísimas que lo han sacudido desde sus raíces y lo han arrojado sobre una tierra no solamente yerma -pero al fin y al cabo recuperable-, sino incomprensible. Como en el célebre soneto de Baudelaire, el hombre intuye las correspondencias entre las cosas, pero ya no sabe leer el mundo.” Sigamos la itinerancia veraniega, recogiendo limones, tomates, hortensias y avellanas que todavía están sin pelar.

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Fascinada estoy por dos relatos que me recomendó Selina y que compartiré con vosotros a lo largo del camino, porque describen acertadamente algunos estados de ánimo que acompañan a la peregrina. En la Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, Xavier de Maistre cavilaba: … me quedaba por resolver un punto muy importante referente al viaje que iba a emprender. No se trata sólo, en efecto, de ir en coche o a caballo; es preciso también saber adónde se quiere ir. Estaba tan fatigado por las investigaciones metafísicas en que acababa de ocuparme, que antes de decidirme por la región del globo a la que daría la preferencia quise descansar un rato sin pensar en nada. Es ésta una manera de existir que es también de mi invención, y que con frecuencia me ha servido de mucho; pero no le es concedido a todo el mundo saber usar de ella, porque si es fácil dar profundidad a las ideas reconcentrándose sobre un asunto, no lo es tanto parar de pronto el pensamiento como se para el péndulo de un reloj. Molière ha puesto en ridículo, sin razón, a un hombre que se entretenía en contemplar los círculos que hacía el agua de un pozo al escupir en ella; en cuanto a mí, me sentiría inclinado a creer que aquel hombre era un filósofo que tenía el poder de suspender la acción de su inteligencia para descansar; operación de las más difíciles que pueda ejecutar el espíritu humano. Bien sé que las personas que han recibido esta facultad sin haberla deseado, y que no piensan de ordinario en nada, me acusarán de plagio y reclamarán la prioridad de la invención; pero el estado de inmovilidad intelectual de que quiero hablar es muy diferente del que ellas disfrutan, y del cual el señor Necker ha hecho la apología. El mío es siempre voluntario y no puede ser más que momentáneo; para disfrutar de él en toda su plenitud, cerré los ojos, apoyándome con las dos manos en la barandilla de la ventana, como un jinete fatigado se apoya sobre el pomo de la silla, y pronto el recuerdo del pasado, el sentimiento de lo presente y la previsión de lo porvenir se aniquilaron en mi alma. Parece que ya en 1825 existía esta curiosidad por la “inacción” como potencia incubadora. Para nosotros tiene, inevitablemente, resonancias de las culturas orientales, pequeños saltamontes. Fascinada, si, por la ironía de Maistre, su inteligencia y el imaginario que nos ofrece. Continuará.

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Beatriz me recomienda esta edición de pequeños libros editados por Anagrama con “las historias más bellas de…” plantas, mundos, hombres, amor… son entrevistas a varios autores sobre un tema. En este caso comienzo con la felicidad, la gran zanahoria que parecemos perseguir, aunque sus letras mayúsculas produzcan respeto. Resulta interesante el viaje histórico por la construcción filosófica y social de este concepto, concretamente André Comte-Sponville nos recuerda que tanto el epicureísmo como el estoicismo tienen como objetivo limitar nuestros deseos y aprender a querer sólo lo que depende de nosotros. Vincular virtud y felicidad, bien por medio de la prudencia, bien a través de la ataraxia o ausencia de conflicto. La clave está en liberarse de la esperanza para aprender a querer. Complicado de asir para alguien como yo, que tiene en alta estima esa esperanza, la posibilidad de modificar el tablero, de cambiar las fichas y ahí podemos encontrar un camino hacia una felicidad que se constituye consciente de la ausencia de desdicha, con capacidad de goce en la presencia y un deseo que no es carencia.

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Y algunas os preguntaréis cómo es que me acompañan tantos libros en esta Travesía de Transición y es que además de poder decir con alegría que ¡he recuperado la lectura! ¡qué estaba sedienta por escuchar! en estas páginas de Vila-Matas hallé otra parte de la respuesta: En mi caso, no entender nada no es un problema. No sólo paso a limpio mentalmente las crónicas o libros que no entiendo sino que, además, la incomprensión la he convertido en mi poética literaria. Cargo de sentido la sensación de absurdo que da la vida y, de paso, considero que lo esencial de la realidad se encuentra en los libros. Aunque no he entendido nunca nada de este mundo (y en cambio, no se por qué, entiendo perfectamente lo que estoy ahora escribiendo), aunque no he entendido nunca por qué vivo ni tampoco por qué un día estaré muerto, aunque no he entendido nunca nada, yo he seguido siempre adelante buscando y encontrando en la literatura, y paradójicamente en el absurdo mismo, el sentido del mundo. (Vila-Matas, El viento ligero en Parma, 2004) Si, en parques como La Dehesa es posible leer caminando a la sombra de los árboles.