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Élisée Reclus fue un gran geógrafo. En 1869 escribe El Arroyo, una experiencia ejemplar de diálogo con la naturaleza y profunda relación con el paisaje, de excursionista consumado. La versión que leo tiene mareas, Eloar Guazzelli con sus dibujos logra mover las palabras del texto de Reclus, en la fantástica edición que MediaVaca publicó en 2001. Esa fascinación por el agua, en todas sus formas, la ría, los ríos, el mar, tan presente este verano, es un deleite en este texto, título imprescindible para incluir en la “Lenateca”. Y también yo, tranquilo espectador del arroyo y sus maravillas, puedo variar hasta el infinito el aspecto de la superficie líquida con sólo sumergir mi mano en la corriente. La paseo al azar y cada uno de sus movimientos modifica las ondulaciones de la cambiante capa. Las ondas, los remolinos y los borbotones se desplazan, todo el régimen del curso del agua varía a mi voluntad según la posición de mi brazo; esas olitas que se forman ante mis ojos las veo agruparse hacia la corriente, mezclarse con otras ondulaciones y, cada vez más débiles pero siempre reconocibles, propagarse hasta una curva del arroyo. La visión de todas estas ondas obedeciendo a la incitación de mi mano despierta en mi una especie de tranquila alegría mezclada con algo de melancolía. Las pequeñas ondulaciones que provoco en la superficie del agua se propagan a lo lejos y de ola en ola hasta un confín indiscernible. De igual modo toda idea vigorosa, toda palabra firme, todo esfuerzo en el gran combate por la justicia y la libertad repercute a menudo, sin que lo percibamos, de hombre en hombre, de pueblo en pueblo, y desde los tiempos remotos hasta el más lejano porvenir.