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Estoy leyendo (con cierta distancia) a Zygmunt Bauman y su libro Comunidad. Hay que reconocer que identifica ciertos aspectos de nuestra realidad, concretamente de algunos barrios que vislumbramos cruzando el curso del Manzanares y adentrándonos en el anillo ciclista (que los osados llaman verde). “El marco social del trabajo y el medio de vida no es, sin embargo, lo único que se está desmoronando. Todo lo que le rodea parece encontrarse en un torbellino. Citando otra vez a Sennett, el lugar en el que se desarrolla o se espera desarrollar la vida entera “crece de repente al toque de la varita mágica de un promotor inmobiliario, florece y empieza a declinar al cabo de una generación”. En semejante lugar (y cada vez más gente llega a conocer tales lugares y su amarga atmósfera por propia experiencia) nadie “se convierte en un testigo de por vida de la historia de otra persona”. (…) Se han acabado las antiguas y amables tiendas de ultramarinos de la esquina; si han logrado resistir la competencia del supermercado, sus propietarios, sus gestores, las caras al otro lado del mostrador cambian con demasiada frecuencia para que cualquiera de ellas albergue la permanencia que ya no se encuentra en la calle.” En este día de luto nacional, por la muerte del banquero, nos sumen en la perplejidad las declaraciones de dos políticos en el Congreso vinculando su figura (a favor y en contra) a la “marca España”. Parece que hay consenso: no habitamos una comunidad, ni un país, somos productos de una marca, de una franquicia patética y ahora sólo está en juego que el sepulturero elija dónde poner nuestro logo.

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Tal vez fuera porque siempre lo he visto entre bloques de cemento, por eso pensaba que más bien era un estanque, una presa y no un río, como indicaba su nombre. Pero desde hace unos días, estoy conociendo pequeños trechos del Manzanares que demuestran que si, que se trata de un río. Por fin logré alcanzar la vía ciclista, desde el tramo que colinda con la Ciudad Universitaria, a la altura de la Casa de Campo. Si lo tomas hacia el norte, desde la dehesa de Arganzuela, visitas unos cuantos remansos que atraviesan el Puente de los Franceses y llegan a Puerta de Hierro. Más bien parece un arroyo, pero a esa altura al menos, el agua tiene un movimiento que recuerda al natural.

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En el verano de 1983 maduró la idea de la creación de una Asociación ciudadana para la defensa y potenciación del entorno natural y de la riqueza cultural de Villaviciosa. Alertados ante la creciente degradación de la Ría, del paisaje rural y urbano de la comarca, un reducido número de amigos decidieron aunar esfuerzos para articular y en su caso despertar el interés hacia el patrimonio artístico e histórico, la estética de las construcciones nuevas, el campo, las playas y la Ría. Los promotores declaraban que no querían asistir impasibles a estos procesos y se proponían crear un movimiento ciudadano en defensa del paisaje -medio natural y urbano- del concejo de Villaviciosa. 31 años después el proyecto se ha consolidado y sus publicaciones son un referente a consultar. Mi tía Delia, un aliado natural para cualquier transición que uno se proponga, lleva años trabajando en este proyecto, aportando una pequeña proporción de la creatividad con la que aborda su paso por el mundo. Tengo que agradecer además a Cubera la hospitalidad con la que me ha acogido estos días de agosto, compartiendo conmigo su refugio, para encontrarme en el camino, consultar senderos, dibujar planos y cronogramas.

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Lila & Flag, la última parte de la trilogía de Berger es una historia de amor apasionado y dramática. Para mí, sin embargo, están más presentes los ecos de las relaciones truncadas entre generaciones de padres e hijos. Las esperanzas de unos en la vida de los otros, la incapacidad de éstos para recordar que la vida es finita y tal vez entonces ya no habrá más tiempo. ¿Es ley de vida? La madre de Flag querría verlo prosperar y su hijo va de timo en timo sorteando la miseria. Los abuelos paternos de Sugus anhelaban (del latín anhelare: respirar con dificultad, jadear) conocer a su nieto, pero sus padres no lograron volver para presentárselo. Dice Berger que en su pueblo ve, cada semana del año, a muchos campesinos del lugar reunidos en el cementerio para despedir a alguien que acaba de marcharse: “Aquí coexisten dos ciudades en continua comunicación, la ciudad de los muertos y la ciudad de los vivos”. Esta mañana hemos salido a dar un paseo entre nubes, sol y lluvia, con Carmen, Pilar, Lena y Raúl a Amandi. Además de la iglesia hemos visitado el umbral del gallinero del “Guernica”, con sus pollitos, sus vacas y la bombilla pelada. Llovizna fuera, huele a campo.

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Es el tercer día soleado y acudimos raudos a la playa de Rodiles, para no perder la oportunidad y bañarnos. Son las primeras olas de Lena en el Cantábrico y todavía no se ha formado una opinión al respecto. La arena de Rodiles es fina y está flanqueada por el verde de un par de montes que nos recuerdan dónde estamos. Los eucaliptos, que en su momento eran un aparcamiento improvisado, ahora cobijan un amplio merendero público; el lugar en que estaba el chiringuito “Marcelino” ahora está ocupado por dunas protegidas. Rodiles está situado, además, en un tramo del litoral de interés arqueológico debido al hallazgo de numerosos yacimientos del período jurásico formados por rocas en las que se encuentran impresas algunas huellas de Dinosaurios. Es cierto que la autovía ha multiplicado el número de visitantes, pero sigue siendo un lugar fascinante, un espacio que trasladar en nuestra memoria para ocupar la polis.

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Así rodeadas de verde, seducidas por el paisaje, pero no únicamente a nivel visual. En La Historia más bella de las plantas. Las raíces de nuestra vida, nos recuerdan que dependemos de ellas para respirar y que “cuando se dice que la planta depende del suelo en el que está enraizada, que no se puede mover y se nos muestra tanto más frágil por ello, es inexacto. Puede ser cierto para los individuos, pero no para las especies, que tienen, gracias a sus esporas y sus semillas, una capacidad de propagación inmensa. La semilla es un medio de desplazarse en el tiempo, y lo es también en el espacio.” Se mueven a donde las lleven los animales, el viento… Jean-Marie Pelt nos recuerda que “fuera de la ciencia ha habido una corriente de pensamiento que intentaba comprender el orden de la naturaleza por analogías. Una de esas analogías me seduce particularmente. Observemos un árbol: le crecen ramas de las que brotan hojas que, sumergidas en el aire, toman de él el gas carbónico con el que fabrican azúcares y expulsan oxígeno… Es el mundo vegetal. Fijémonos ahora en un cuerpo: no tiene ramas sino bronquios. Éstos están sumergidos, no en el aire, sino en la sangre de la que toman el oxígeno con el que descomponen los azúcares disueltos en ella por la alimentación, luego los absorben y expulsan carbónico… Es el mundo animal. Ahí tiene esta extraña similitud entre el mundo verde y el mundo rojo que son complementarios en lo sucesivo. Uno se exterioriza cuando el otro se interioriza. Cuanto más desplegados hacia el exterior tiene los órganos, tanto mejor para el mundo vegetal, que se esfuerza por presentar la mayor superficie posible a la luz del sol. Cuanto más protegido, abrigado en el interior del cuerpo, tanto mejor funcionan esos órganos para el mundo animal.” Así este “trozo de país”, estos paisajes complementarios asturianos nos ayudan a perder la posición central de sujetos en el mundo, nos tiñen de verde la mirada y el entendimiento.

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Comienza el mes en el norte, VACACIONES, con un ritual de los buenos días. Una serie de acciones, realizadas principalmente por su valor simbólico: especiales, diferentes a las ordinarias, aún cuando se puedan practicar a diario. Se refieren a una acción o serie de acciones que una persona realiza en un contexto dado que no tienen otro propósito o razón aparente. Es el caso de este ritual de los buenos días que parte de Villaviciosa para tocar-vislumbrar las dos puntas de la playa de Rodiles, dando la vuelta entera, sin trazar una recta. Poner la vida en escena en el paisaje, descubrir a una pata con sus crías paseando al tiempo que yo lo hago. Compartimos modos menores de vivir, como decía Peter Pál Pelbart, que habitan modos mayores.