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Tal vez fuera porque siempre lo he visto entre bloques de cemento, por eso pensaba que más bien era un estanque, una presa y no un río, como indicaba su nombre. Pero desde hace unos días, estoy conociendo pequeños trechos del Manzanares que demuestran que si, que se trata de un río. Por fin logré alcanzar la vía ciclista, desde el tramo que colinda con la Ciudad Universitaria, a la altura de la Casa de Campo. Si lo tomas hacia el norte, desde la dehesa de Arganzuela, visitas unos cuantos remansos que atraviesan el Puente de los Franceses y llegan a Puerta de Hierro. Más bien parece un arroyo, pero a esa altura al menos, el agua tiene un movimiento que recuerda al natural.

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Xavier de Maistre, escribe su Viaje alrededor de mi habitación en 1794.

…dignaos acompañarme en mi viaje; marcharemos a cortas jornadas, riéndonos a lo largo del camino de los viajeros que han visto Roma y París; ningún obstáculo podrá detenernos; y abandonándonos alegremente a nuestra imaginación, la seguiremos por todas partes adonde le plazca llevarnos. ¡Hay tantas personas curiosas en el mundo! 

(…) Ninguno hay más atrayente, a mi ver, que seguir la pista de las ideas, como el cazador sigue los rastros de la caza, sin la afectación de perseguir ninguna senda. Así, cuando viajo por mi cuarto, rara vez recorro una línea recta: voy desde la mesa hacia un cuadro colocado en un rincón; desde allí me dirijo oblicuamente para ir a la puerta; pero aunque al partir, mi intención era seguramente la de ir allí, si encuentro mi butaca en el camino, no me ando con remilgos y me siento cómodamente en seguida. Es un mueble excelente una butaca; es, sobre todo, útil para todo hombre meditativo. 

Tan solo nos separan 220 años, presente continuo. Sale el sol y recorro 16 kms para buscar una tarta de queso riquísima que comimos en un chiringuito de Selorio hace un par de años, misión fallida.

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Me seduce el título Las diez mil cosas un libro publicado por Asteroide y cuya autora es María Dermôut y también leer algo de una escritora holandesa que  publica su primera novela con 63 años. Me gustan estos ejemplos de vida que nos recuerdan que el tiempo no corresponde únicamente a la “juventud”, podemos seguir creciendo si nos lo proponemos. Este libro está repleto de rincones interiores, como el jardín de especias o los tesoros que la abuela guarda en el armario, historias de la dama del pequeño jardín y gente que busca algo moviéndose: Aquellos días empezó a hacer expediciones por toda la isla. En cuanto se marchaba se encontraba mejor: en un prao o, sobre todo, caminando, escalando los montes por rocas o precipicios… Nada le parecía demasiado empinado o lejano. Se bañaba y nadaba en todos los arroyos que cruzaba (…) En aquellas salidas empezó Felicia a buscar antigüedades: objetos raros de porcelana y loza, muebles curiosos, objetos de cristal, en fin, de todo. Llevaba medicinas, como le había enseñado su abuela, y dinero.

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Walser llega, por todo lo alto a La Travesía: en mi segunda visita a Playgrounds en el Reina Sofía y en “una obra de teatro a pie” en el que junto a diez espectadores paseamos junto a Robert Walser, por el barrio, casi chino, de Usera.
El señor director o señor tasador dijo:
¡Pero siempre se le ve paseando!
Pasear -respondí yo- me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir ni media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. (…) Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y sentir. De imágenes vivas de poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren activas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo
(Robert Walser, El paseo, 1917)
La propuesta teatral en movimiento de Marc Coellas y la compañía argentino-española La Soledad, en el Festival Fringe reúne a amantes incondicionales del escritor que en su afán de no desear nada y simplemente desaparecer, ingresó voluntariamente en el sanatorio de Herisau (Suiza), aunque nadie sabe si sufría una severa depresión o sólo quería apartarse del mundo y dedicarse a narrar lo mínimo, esa naturaleza que no necesita hacerse importante, porque “lo es”.

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Beatriz ha bautizado la LENOTECA y además del nombre le ha regalado cuatro cuentos que son pequeñas joyas para disfrutar, hedonismo puro de las ediciones por ella seleccionadas: las ilustraciones, el movimiento de algunas páginas, los papeles… Hacía tiempo que no sentía ese placer, detenidamente, por el “objeto” libro. Entre esta pequeña colección, había un ejemplar de Jimmy Liao, Esconderse en un rincón del mundo que me permitiría a mi entender un poco mejor las sensaciones de los pequeños: “Puedes jugar en un jardín, pero con cuidado de no pisotear las hermosas y delicadas flores. El viento te acaricia suave y las mariposas aletean gráciles. El armario mágico y misterioso está en la linde del bosque. De vez en cuando, un niño con una sonrisa de oreja a oreja abre la puerta y grita jubiloso hacia el cielo: “¡He vuelto! ¡Ya vuelvo a estar aquí!.” Son mundos que se abren y que se extienden con la editorial Media Vaca, qué de gente maravillosa con la que compartimos la travesía.

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La mañana de domingo comienza en Salamanca, dando vueltas en redondo por la plaza mayor y de la mano de Coetzee. La Vida y época de Michael K. tiene la capacidad de conmocionarte y producir dolor y empatía desde el comienzo del relato. “A veces el único ruido que oía era el roce de sus pantalones. De un horizonte a otro el campo estaba desierto. Subió una colina y se tumbó de espaldas escuchando el silencio, sintiendo el calor del sol calarle los huesos. (…) Podría vivir aquí siempre, pensó, o al menos hasta que me muera. No pasaría nada, todos los días serían iguales, no habría nada que contar. La ansiedad que había experimentado en la carretera empezó a abandonarle. A veces, cuando caminaba, no sabía si estaba dormido o despierto. Comprendía por qué algunos se habían retirado a este lugar y se habían cercado de kilómetros y kilómetros de silencio; comprendía por qué algunos habían querido legar en perpetuidad el privilegio de tanto silencio a sus hijos y nietos (aunque no estaba seguro de con qué derecho); se preguntaba si no habría rincones olvidados, cuevas y pasillos entre las cercas, una tierra que no perteneciera todavía a nadie. Si pudiera volar lo suficientemente alto, pensó, podría verlo.” Esa es otra de las cosas que buscaré en el camino: rincones olvidados, una tierra que no pertenece todavía a nadie, o nos pertenecerá a todos.