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Estoy leyendo (con cierta distancia) a Zygmunt Bauman y su libro Comunidad. Hay que reconocer que identifica ciertos aspectos de nuestra realidad, concretamente de algunos barrios que vislumbramos cruzando el curso del Manzanares y adentrándonos en el anillo ciclista (que los osados llaman verde). “El marco social del trabajo y el medio de vida no es, sin embargo, lo único que se está desmoronando. Todo lo que le rodea parece encontrarse en un torbellino. Citando otra vez a Sennett, el lugar en el que se desarrolla o se espera desarrollar la vida entera “crece de repente al toque de la varita mágica de un promotor inmobiliario, florece y empieza a declinar al cabo de una generación”. En semejante lugar (y cada vez más gente llega a conocer tales lugares y su amarga atmósfera por propia experiencia) nadie “se convierte en un testigo de por vida de la historia de otra persona”. (…) Se han acabado las antiguas y amables tiendas de ultramarinos de la esquina; si han logrado resistir la competencia del supermercado, sus propietarios, sus gestores, las caras al otro lado del mostrador cambian con demasiada frecuencia para que cualquiera de ellas albergue la permanencia que ya no se encuentra en la calle.” En este día de luto nacional, por la muerte del banquero, nos sumen en la perplejidad las declaraciones de dos políticos en el Congreso vinculando su figura (a favor y en contra) a la “marca España”. Parece que hay consenso: no habitamos una comunidad, ni un país, somos productos de una marca, de una franquicia patética y ahora sólo está en juego que el sepulturero elija dónde poner nuestro logo.

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Tal vez fuera porque siempre lo he visto entre bloques de cemento, por eso pensaba que más bien era un estanque, una presa y no un río, como indicaba su nombre. Pero desde hace unos días, estoy conociendo pequeños trechos del Manzanares que demuestran que si, que se trata de un río. Por fin logré alcanzar la vía ciclista, desde el tramo que colinda con la Ciudad Universitaria, a la altura de la Casa de Campo. Si lo tomas hacia el norte, desde la dehesa de Arganzuela, visitas unos cuantos remansos que atraviesan el Puente de los Franceses y llegan a Puerta de Hierro. Más bien parece un arroyo, pero a esa altura al menos, el agua tiene un movimiento que recuerda al natural.

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La distancia, aunque sea la misma, nunca se percibe igual. Después de una noche sin dormir los kilómetros parece que se multiplican. Las bibliotecas municipales también tienen dvds, algunas colecciones un tanto aleatorias en las que encontramos películas de las que no tuvimos idea (pese a haber ganado el León de Oro de Venecia). Una de ellas es Naturaleza Muerta, dirigida por Jia Zhangke en el año 2006. Además de mi atracción por este país se sumaba en este caso su relación con Wuhan (la ciudad en la que viví hace ya cuatro años). Fengjie es un pueblo de las orillas del río Yangtsé, afectado por la construcción de la Presa de las Tres Gargantas. La película cuenta la historia de un minero que viaja buscando a su ex mujer y a su hija, a las que no ha visto en 16 años. Las imágenes de esta ciudad, cubierta de agua, en la que todavía no ha comenzado la construcción, nos muestra los paralelismos entre las historias humanas y la obra pública que deja enterrada en el agua ciudades con cientos de años de antigüedad y más de un millón de personas desplazadas por un proyecto de reasentamiento que me pregunto cómo dialoga con las macrocifras: miles de toneladas de hormigón para hacer una presa de 3035 metros de ancho y 185 metros de alto, un canal de desagüe, una central eléctrica con 26 generadores, cinco esclusas de navegación permanente… es decir, el mayor proyecto hidroeléctrico del mundo. Sanming se reencuentra con su mujer y vuelven a empezar la relación; la enfermera Shen Hong se abraza y despide definitivamente de su marido, delante de las Tres Gargantas y entonces empiezan a bailar.

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La música en vivo hace su entrada en la Travesía con un concierto de los Veranos de la Villa, Calamaro en el Price, que también tiene algo de viaje en el tiempo, a la adolescencia, fin del instituto. Mi primo Pablo había venido por primera vez a España desde Argentina y paseando por la calle Barquillo se cruza con Andrés, todavía un desconocido aquí, pero ya un “abuelo de la nada” en tierras argentinas. Así comienza un encuentro que termina en una visita al local del barrio de Tetuán en que ensayaba con su grupo de aquél momento llamado “Los locos” y empezamos a seguirlos en los conciertos en pequeños locales que daban por Malasaña. Reinventó su personaje en Madrid y después lo que todos sabemos: Los Rodríguez, Calamaro en solitario… ¿Qué supuso este encuentro para cada uno de los cuerpos? El de ayer era una versión snob de Maradona, que ante un público entregado (a su ídolo y a los autorretratos) no pareaban de corear: Yo soy un loco, que se dio cuenta que el tiempo es muy poco…

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Monse
Bueno, esa es mi memoria. Comes una cosa y cagas otra bien diferente. Recorres miles de kilómetros y siempre es para llegar a un sitio. El sitio adecuado. Igual que hacen los animales, buscar el sitio que les conviene. Reconocer el sitio es lo que importa en realidad ¿no?

Carlos
Cada puerta de cada casa me hace imaginar una vida. En cada pueblo, en cada ciudad me imagino a mi mismo con una nueva vida o una vida diferente. No lo puedo evitar, llego a cualquier sitio y siempre me hago la misma pregunta: ¿Yo viviría aquí? ¿Cómo sería mi vida aquí?
Me bajo del coche y busco el lugar o los lugares en los que podrían estar clavados mis recuerdos.”
[Del Pliego 4 Llamad a cualquier puerta – Carlos Fernández López]